Hace 11 años el
mal surco los cielos y se estrelló contra las Torres Gemelas de New York. Era
un día martes, como hoy. Y aquel día había un cielo diáfano y celeste como hoy.
Lo recuerdo muy bien, porque no podía dejar de pensar en eso mientras era testigo
del horror mas impensado. A las 10:28 de la mañana, vi caer la ultima torre con
mis propios ojos y esa imagen jamás se ha borrado de mi retina. Como tampoco se
me ha olvidado que aquel era un perfecto día de Setiembre, con un cielo azul,
claro y despejado y con la temperatura justa de los finales de verano. Por
alguna razón no pude dejar de reparar en eso mientras presenciaba aquella
locura demencial. En mi cabeza, atolondrada y aturdida por los acontecimientos
no dejaba de repetirse el siguiente eco: “No puede estar sucediendo esto, no. No en un día tan
pleno, no con este cielo ni con este sol”.
De vez en cuando Estados Unidos amanece con la misma noticia. Un individuo (a veces mas de uno, aunque generalmente actúan solos), a todas claras un tanto alienado, perpetra una masacre en un sitio publico, o al menos en un lugar de masiva concurrencia. La escena es casi idéntica en todas las situaciones: la persona esta fuertemente armada y sin ninguna razón aparente ni previo aviso, abre fuego de manera indiscriminada, matando e hiriendo a todos aquellos que estén a su alrededor. Ese patrón se ha repetido innumerables veces a lo largo de la historia moderna de este país. Basta recordar la matanza de Columbine el 20 de abril de 1999, en el mismo estado de Colorado (no muy lejos del lugar donde esta última tuvo lugar), o la de la Universidad Virginia Tech, donde un estudiante de origen coreano de 23 años mato a 32 personas (la mayoría compañeros suyos) y luego se suicidó. Estos dos son algunos de los ejemplos, hay muchos mas casos lamentablemente que engrosan la...
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